Sobrevivimos el Canal de La Mona

"Parecía que todo acabaría en cualquier momento y de manera catastrófica."

Para sobrevivir el canal de La Mona es importante conocer lo siguiente.

El canal de la Mona es un cuerpo de agua localizado entre la isla de la República Dominicana y la Isla de Puerto Rico.

Es aquí donde luchan entre sí dos enormes fuerzas de agua. El canal esta expuesto al océano Atlántico por el norte y a el Mar Caribe por el sur.

Como si fuera poco, tenemos que incluir el factor de los vientos Alisios. Estos vientos azotan casi de manera permanente toda la región del Caribe. Se caracterizan por soplar entre 15 y 20 nudos y siempre desde el este hacia el oeste. La energía de los vientos Alisios se transfiere al agua en forma de olas que viajan hacia el oeste.

Norman y yo planeábamos cruzar su embarcación Cheoy Lee de 44 pies de eslora llamada Psyche, y sobrevivir el canal de La Mona para contarlo.

Norman es un capitán que ha navegado a Psyche dese el estado de Maine hasta Venezuela. Tiene unos sesenta y pico de años, y está felizmente casado con Yani. Yani nació en Luperon en la República Dominicana, lugar que frecuentan regularmente. Ellos gozan una vida de retirados, pero Norman esta constantemente ayudando a los que le rodean. Lo he visto ayudar a extraños de una manera muy especial. Norman es un gran tipo  con una experiencia variada. El ha sido desde maestro, político, contratista y hasta inversionista. Es como una especie de biblioteca de consejos impresionante.

He visto a Norman toparse con un velero que tiene adentro un capitán lleno de entusiasmo, y con poca experiencia en reparaciones. El le pregunta al dueño si necesita ayuda. El capitán entusiasta le explica que el había pedido ayuda a algunos amigos, y ninguno se comprometió a ayudar. Norman sugirió ayudar de inmediato y el capitán entusiasta acepto. El trabajo fue completado en su totalidad luego de varios días.

Fue así como conocí este gran amigo Norman. Este es el pequeño velero que se llamaba Chico Mano. Yo lo tuve desde el año 2000, hasta el 2005 en Salinas, Puerto Rico. Era mi primer velero grande y con camarote. Yo estaba muy orgulloso porque hasta tenia aire acondicionado.

Sin embargo, mi experiencia marina no venía de veleros grandes ni de viajes a larga distancia, como era evidente en el caso de Norman. En este tipo de veleros se necesita tener mucha paciencia, y sobre todo, no forzar el bote. Yo estaba acostumbrado a todo lo contrario. . .

Mi experiencia náutica ha sido desde que tenia 14 años, y ha sido exclusivamente en el lado competitivo de la vela. En mi caso, yo estoy acostumbrado a forzar los veleros de 18 pies al límite, utilizar todo tipo de tácticas, estrategias, ajustes milimétricos, y todo para llegar primero. Por otro lado practico el surfing desde los 15 años, y entiendo muy bien el flujo de las olas.

Ya tengo unos cuarenta años y también estoy casado con familia. Me dedico a dar servicios de internet por medio de mi compañia llamada YourWebNow.com.

Entre la experiencia de Norman y la mia, podriamos decir que cubríamos todo el espectro náutico. Esto se ha hecho evidente en varias ocasiones. Hemos podido balancear las velas de Psyche al extremo que ha sido capaz de navegar por largos periodos de tiempo, sin piloto automático, y sin tocar el timón.

Psyche se encontraba anclado en la bahía de Luperon. Esta bahía esta localizada en la costa norte de la República Dominicana, y a pocas millas de la frontera de Haití. Nuestro destino seria la costa sur de Puerto Rico, específicamente en el poblado de Salinas. Esto significaba que recorreríamos unas 250 millas náuticas mayormente hacia el este.

El mayor problema al cual nos estábamos enfrentando era precisamente la dirección del curso a seguir. Tendríamos que navegar en todo momento hacia el este. Esto significaba que el viaje seria muchísimo mas duro y peligroso, por la sencilla razón que estaríamos navegando tres días en sentido contrario a los tres elemento naturales de este canal. Como era la primera vez que cruzaba el Canal de La Mona, yo no sabía que esperar, pero estaba seguro que sería fuerte.

En raras ocasiones llega una calma al Canal de La Mona y cuando esto sucede el canal se transforma en un paraíso tropical. Habíamos estado casando una calma por más de tres semanas. Cuando llego la noticia del buen tiempo, era de esperarse que comenzáramos nuestro largo viaje hacia el este.

Fue el Viernes 4 de Mayo del 2001 11:50 AM cuando zarpamos de Luperon. El mar estaba en calma y el viento soplaba del sur a unos diez nudos. Tuvimos la oportunidad de llenar los dos mástiles de Psyche con todas las velas habidas y por haber. Psyche exhibía con orgullo sus mejores trapos al aire. Navegaba con una gracia y belleza increíble. La combinación de la calma y belleza lograron crear en nosotros un falso sentido de seguridad.

Tuvimos la oportunidad de cruzarnos con un velero que venía en dirección opuesta. En este breve encuentro entre las dos embarcaciones, fue notable el entusiasmo que desplegaban los tripulantes de la otra embarcación mientras nos gritaban halagos de Psyche. Para Norman y para mi había sido un logro físico el haber subido todas aquellas velas y ahora disfrutábamos de los resultados. Entramos en un estado de éxtasis total con la adición de un par de copas de vino.

Los hermosos acantilados en la costa norte de la República Dominicana servían de recordatorio constante de la falta de bahías protegidas que ofrece esta costa, disminuyendo grandemente las oportunidades de acceso a un puerto seguro. Nuestra velocidad era entre cinco y seis nudos hacia el este, y no había ningún tráfico marino. Gracias al piloto automático de Psyque, nosotros teníamos la capacidad de bajar al camarote por periodos relativamente largos de tiempo.

Luego de seis horas de navegación en total calma, el tiempo comenzó a cambiar con la llegada de fuertes vientos, lluvia, y el mar comenzó a deteriorarse. Como el viento había aumentado y las condiciones habían cambiado, era imperante comenzar a bajar algunas velas para contrarrestar las fuerzas y estabilizar la nave. Con el foque, vela que va entre el mástil mayor y la proa, y la vela llamada mesana en el mástil trasero y más pequeño, podíamos continuar nuestro rumbo sin problemas ningunos.

Mientras recogíamos las velas y sin ninguna advertencia previa, se sintió como una explosión y luego un frenazo que logro detener las 17 toneladas de peso de Psyche, en una fracción de un segundo. Este incidente había sido provocado por una enorme ola. Esta logro mojar con agua salada parte del camarote. El pequeño escritorio dedicado a la navegación recibió el impacto directo de agua. La computadora portátil dejo de funcionar al instante. Esta era la herramienta más importante en términos de navegación. Acabamos de perder la capacidad de conectarla a la radio de onda corta y recibir el "weather fax". También descubrimos que nos habíamos quedado sin teléfonos celulares.

Solamente contábamos con el radio marino y el radio de onda corta. El radio marino tiene un alcance pobre y hay muy pocas personas escuchando estas frecuencias, y mucho menos en esta área desolada. Por el otro lado, el radio de onda corta es bueno para comunicarse a larga distancia, sin embargo no es tan efectivo a corta distancia.

Pronto aprendimos que la gran ola había sido solamente un aperitivo. A medida que fue pasando el tiempo las condiciones fueron empeorando aun más. Ya eran como las 8 de la noche y todo estaba completamente negro. Ya llevábamos unas 8 horas navegando y las perdidas económicas ya eran notables. La falta de información del estado del tiempo solo provoco más problemas futuros. Sabíamos que había una gran tormenta en el Atlántico, pero estaba muy al norte de nosotros.

Estábamos seguros de que el viento continuaría del sur, y eso era muy buena noticia cuando te diriges hacia el este. Pensamos que todo este mal tiempo tenia que ser de  una célula de mal tiempo aislada, y no estaba relacionada con la tormenta en el Atlántico. Asumimos equivocadamente que todo debía retornar a la normalidad en cuestión de horas.

La realidad era otra, la tormenta en el Atlántico había crecido desmedidamente en las ultimas horas. Era tan grande que ya casi cubría  todo el Atlántico. En adición, una especie de rabo de esta tormenta había logrado alcanzar justamente el canal de La Mona.

El ambiente a bordo cambio totalmente de uno de placer a uno incomodo y húmedo. Cuando el viento comenzó a soplar más de 25 nudos y las olas sobrepasaban los seis pies, decidimos que era prudente enrollar un 50% la vela de proa ya que el bote estaba sufriendo. Fue aquí donde se trabo el mecanismo llamado Roller Furling. Esto nos limito por el resto del viaje a no poder cerrar esa vela.

Esto es el equivalente a tener el acelerador de un automóvil trabado a 30 millas por hora, en un camino lleno de curvas y lomas. Si el viento aumentaba, entonces existía la posibilidad de que la vela se rompiera en pedazos. No le dimos mucha importancia porque seguíamos asumiendo que el mal tiempo pasaría en varias horas.

Alrededor de las doce de la noche de ese primer día las condiciones eran aun mas incomodas. El velero se estremecía constantemente entre olas que ya sobrepasaban los diez pies, y las ráfagas ya alcanzaban los 30 nudos. La amenaza de las olas era constante y nuestra preocupación por no poder guardar la vela aumentaba a medida que subía el viento.

Como estaba oscuro y la lluvia era intensa, solo alcanzábamos a ver las olas que nos amenazaban unos segundos antes del impacto. El estado de ansiedad y constante alerta provocado por no ver las olas con anticipación, crea un estado mental un poco aterrador.

La situación no mejoro durante la noche y gracias a Dios ya comenzaba a amanecer.
Sobrevivimos el Canal de La Mona bajo condiciones sumamente humedas, frias e incomodas. Todo esto bajo constantes estruendos y movimientos bruscos en todas las direcciones posibles. Ambos estábamos alerta y cansados por no haber podido dormir. Como solamente éramos dos personas a bordo, teníamos que asignarnos turnos de 4 horas.

Llevábamos mucha comida y una buena cantidad de chili pre-cocinado. Esta mezcla de carne molida con frijoles colorados y salsa de tomate nos sirvió de fuente de proteínas. Estuvimos comiendo chili de almuerzo, comida, y hasta de madrugada. Era de gran ventaja para nosotros ya que no requería de ninguna preparación, y se podía comer sin tener que preparar la mesa. En varias ocasiones nos alimentamos sin poder calentar la comida.

Cuando amaneció, ya estábamos de chili hasta el cuello. Aunque el tiempo sequia deteriorándose, Norman se atrevió a incursionar en la cocina y logro preparar unos sándwiches. El movimiento provocado por aquellas enormes olas logró intimidarme al punto que yo prefería no bajar al camarote. Cada vez que tenía que entrar al camarote recibía golpes y sacudidos de una magnitud impresionante. El constante bamboleo del bote había regado todo el interior del camarote. El pasillo estaba lleno de artículos como libros, latas, y hasta cojines. Entre los sonidos más macabros estaba el de una botella rota rodando por el piso. Yo opte por permanecer en el área del cockpit recibiendo aire fresco mientras evitaba el mareo.

Después de 24 horas sin dormir y a pesar de todos los contratiempos, Psyche continuaba haciendo progreso rumbo al este. Sin embargo, el reloj de viento registraba ráfagas de 39 nudos, y las olas alcanzaban los 18 pies.

Los ruidos típicos de un velero se amplificaron de una manera impresionante. Psyque parecía estar llorando, ya que emitía una serie de sonidos que simulaban una ballena en problemas. Ciertamente llevábamos más velas expuestas de las recomendadas para estas condiciones. Esto implicaba que Psyque sufría, y era completamente evidente con cada sonido que ella emitía.

La segunda noche fue la peor de todas las noches. La fatiga comenzó a ser evidente y logro llevarnos a la confusión y la incertidumbre. Ya habíamos violado el compromiso de comunicarnos con nuestros familiares una vez cada 24 horas. Nuestros familiares comenzaban a pensar lo peor, ya que el mal tiempo comenzó a afectar toda la región.

Seguíamos con los turnos de cuatro horas de navegación por persona, y cuatro de descanso. Lo cierto es que Norman logro llegar varias veces hasta la cama del cuarto máster y pudo dormir un poco. Yo continuaba tratando de dormir en el cockpit evitando por todos los medios bajar al camarote.

Eran como las doce de la noche y todo estaba oscuro, las condiciones eran miserables. De repente, se escucha en la radio marina una llamada de alerta. Securite! Securite! Securite! Un buque de carga de hacia un llamado urgente al velero que viaja hacia el este. Estamos en un curso que terminaría en colisión con el buque.

El mensaje era uno de extremada urgencia y nosotros no podíamos creer lo que estábamos escuchábamos. Con tan solo varios metros de visibilidad, a eso de la media noche, y con este mal tiempo. No nos faltaba más. Estábamos en un curso de colisión con un gigante, al cual no alcanzamos a ver.

Tratábamos insistentemente de comunicarnos con el buque atreves del radio marina. Necesitábamos saber sus coordenadas. El buque no contestaba, pero seguía advirtiendo del peligro de colisión cada dos o tres minutos. Parecía que todo acabaría en cualquier momento, y  seria de manera catastrófica. Nos convertiríamos en otra historia mas del Canal de La Mona.

Debido a la velocidad del viento, las enormes olas, y la vela trabada, era sumamente peligroso girar el bote 180 grados en esas condiciones. La sensación de no poder ver el buque y saber que estábamos a punto de una colisión, había sembrado en nosotros una serie de emociones indescriptibles. Jamás había sentido una sensación de impotencia tan grande en mi vida. Habían pasado solamente unos 35 minutos de esta agonía, y todo esto parecía una eternidad. Cada vez que el buque volvía a emitir la alerta, nos ponía los nervios de punta. Nos retumbaban los oídos y se nos paralizaba el corazón, cada vez que escuchábamos; Secrite! Securite! Securite! Estamos en un curso de colisión!!! Era nuestro final. . .

De repente, escuchamos al buque de carga comenzar una conversación con otra embarcación. Resulta que había otro velero a unas 10 millas de distancia de nosotros. Ellos también estaban en medio de la tormenta y viajaban hacia el este. Nos llevaban varias horas de ventaja y por eso no los escuchábamos por la radio. Esta fue la mejor noticia de la noche, sin embargo, nos tomo un rato poder digerirla, y poder bajar el estado de ansiedad y desesperación que todo esto nos  había causado.

Fue aquí cuando nos dimos cuenta que la fatiga y el cansancio habían jugado un papel importantísimo en toda esta desorientación y pánico. Sin embargo, el constante susurrar de los cables que sostienen los mástiles a causa de las ráfagas, nos servían de constante recordatorio que el peligro aun estaba abordo.

Ya eran las cinco de la mañana y aquella larga noche no parecía terminar. Esperábamos con ansiedad la luz del día para tener mejor visibilidad. Con la mañana llego un nuevo intento de arreglar el Roller Furling y tener la capacidad de guardar un poco más la vela. Esto nos daría un poco mas de control sobre el estado descontrolado que llevaba a Psyque a quejarse constantemente. La fuerza del viento en la vela amenazaba con destrozar la vela en cualquier momento.

En medio de esta maniobra de reparación es cuando la vela se zafa y golpea en el codo a Norman en forma de latigazo. Esto le causo una inflamación inmediata del tamaño de una bola de golf. Tuvimos que abandonar este nuevo intento de reparación y retornar al estado anterior.

A eso del las dos de la tarde comenzamos a sentir que las olas y el viento empezaban a mejorar un poco. Verificamos nuestra posición contra el GPS y determinamos que ya entrabamos a aguas territoriales de Puerto Rico. El mal tiempo y el fuerte viento del sur nos llevo a unas 15 millas al norte, de la costa norte oeste de Puerto Rico. Nuestro destino era la costa sur oeste. Aunque nuestro curso había sido alterado unas 55 millas por causa de la naturaleza, estábamos vivos, y todavía buscábamos desesperadamente acceso a un puerto seguro. El pueblo de Aguadilla era el más cercano.

Ahora nuestro objetivo era comunicarnos con alguien en tierra y pedirle que se comunicaran con nuestros familiares. Logre comunicación con un señor llamado Rigoberto de Aguadilla. Era un pescador sumamente amable y típico puertorriqueño servicial. El escuchaba el radio marino desde su casa. No podía creer que llegábamos de la República Dominicana con las condiciones del tiempo actuales. El fue el que contacto a nuestras familias para decirles que habíamos sobrevivido el cruce del canal de La Mona.

El mar estaba completamente rojo y lleno de ramas, troncos, y hasta basura. Había llovido tanto que los ríos estaban desbordados y habían tirado al mar todo lo que encontraban en su camino. El color rojo del mar indicaba que el mar había recibido toda esa erosión de los ríos, y también significaba que estábamos muy cerca de la costa.

Cuando nos acercamos a la costa, era evidente que el pueblo había sufrido también el mal tiempo. Los acantilados de la costa de Aguadilla se habían convertido en cataratas de agua roja. Era como ver la isla llorando lagrimas de sangre.

Logramos anclar en la bahía de Aguadilla frente a las facilidades de la policía. Ya era Domingo 6 de Mayo, 2001 y eran las 6:36 PM cuando el grupo de policías se acerco a nosotros en un bote inflable. Ellos no salían de su asombro al vernos llegar después de aquella tormenta. Este fue el tema de conversación dominante entre nosotros. El encuentro duro un poco más de media hora. De nuestra parte, más que agradecidos, estábamos exhaustos, y a punto de colapsar. Por fin pudimos terminar el encuentro con la policía para dedicarnos a arreglar el Roller Furling, finalmente guardar esa vela, recoger el camarote, para luego ir a dormir.

No fue hasta 24 horas después de haber anclado en Aguadilla que pudimos zarpar hacia Salinas. Todavía quedaban olas de tamaño considerable, pero el fuerte viento había desaparecido. Cuando íbamos por Mayagüez nos encontramos con el velero que también sobrevivió la tormenta. Ellos tuvieron que ir a tierra a comprar un filtro de diesel para poder continuar el viaje. Resulto que ellos también se dirigían a Salinas y el velero también era de marca Cheoy Lee, pero de 40 pies de eslora. Varios meses después y sin planificarlo, tuvimos la oportunidad de reunirnos con los dueños de ese velero para intercambiar recuerdos y anécdotas de toda esta odisea, mientras disfrutábamos de unas cervezas.

El resto del viaje hasta Salinas surgió si ningún otro contratiempo. Lentamente todo comenzó a t
ransformarse en un paraíso tropical.

Después de esta experiencia hemos cruzado el Canal de La Mona en dos ocasiones más. Estas dos travesías fueron totalmente agradables y sin incidentes que lamentar. Tal parece que ya hemos pagado el precio de entrada al canal, o por lo menos, todavía tenemos un crédito nuestro favor.

Sobrevivimos el Canal de La Mona pero siempre pidiendole a Dios que bendiga a todas las almas que por una mejor calidad de vida intentaron cruzar el Canal De La Mona, y no lo lograron.

Gracias a Norman y al espíritu de lucha de Psyche,

Vicente Pimienta